20 de septiembre

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Municipales esenciales: «Ahora hay que demostrar afecto de otra manera»

En plena cuarentena, cientos de trabajadores públicos brindan sus servicios en un nuevo contexto. Noelia y Patricia coordinan talleres para personas en situación de calle alojadas en La Casona.

En el marco de la cuarentena que rige en todo el país desde el pasado 20 de marzo, el municipio viene desplegando múltiples acciones acorde a los sucesivos escenarios planteados por la emergencia, las que cuentan con un aporte humano fundamental: el de miles de trabajadoras y trabajadores municipales cuya labor fue declarada servicio esencial por el intendente Pablo Javkin. Entre esas iniciativas, se reforzó la asistencia a personas en situación de calle, con la disposición de diversos espacios donde se recibe a esta población, en muchos casos mayores de 60 años o integrantes de grupos de riesgo, y se le ofrece, además de un lugar para dormir y pasar los días de aislamiento a resguardo, instancias lúdicas y recreativas a cargo de equipos municipales.

Uno estos espacios es La Casona (Central Argentino 2846), un albergue municipal pensado originalmente para recibir a delegaciones escolares y deportivas, claro está que en un contexto de relativa normalidad. En la actualidad, aloja a unas 15 personas en situación de calle, con edades que van de los cincuenta a los ochenta y ocho años de la residente más longeva. Allí se están desarrollando talleres de huerta en pequeñas parcelas los días lunes, miércoles y viernes, a cargo de dos talleristas: Noelia Pierucci, trabajadora (hasta el inicio del aislamiento) de la Granja de la Infancia, y Patricia Antonini, que cumple sus tareas habitualmente en La Ciudad de los Niños.

“Las calles están silenciosas, vacías”, relata Noelia, y Patricia agrega de inmediato: “Ideales para andar en bicicleta”. Es que ambas compañeras recorren pedaleando la distancia que separa sus casas del lugar donde actualmente desarrollan sus actividades. Patricia conoce el camino porque el nuevo trabajo no está tan lejos del anterior, al que también iba en bicicleta; en cambio Noelia estrena medio de transporte, ya que la Granja, donde hace 12 años brinda servicios, queda un poco lejos de todo. “Hasta allá (Presidente Perón al 8000) seguro que no voy en bici”, aclara entre risas.

En lo que sí coinciden es en valorar la posibilidad de disfrutar de ese pequeño paraíso escondido a metros del sector residencial conocido como Puerto Norte: “En esta cuarentena, que salir sea para ir a un lugar tan lindo es gratificante”.

Si bien la mudanza de territorio es el más visible, la emergencia trajo otros cambios que marcan las jornadas de trabajo de las dos talleristas. Cubre bocas, alcohol en gen, jabón y servilletas de papel son hoy elementos infaltables en la cotidianeidad de La Casona. “Cada vez que utilizamos una herramienta nos lavamos la manos”, destaca Noelia, y admite que uno de los hábitos más difíciles de modificar es el del saludo. “Hay una tendencia al saludo apenas nos ven, al abrazo, a demostrar afecto, pero ahora no se puede, hay que demostrar afecto de otra manera”, subraya.

En relación a la huerta misma, comenta entusiasmada que “viene espectacular, gracias a una mezcla de buena tierra, buenas energías y los saberes que tienen ellos, que son muchísimos”, y considera que la tarea se facilitó porque muchos de los participantes tenían experiencia en cosechas, y eso enriqueció tanto a los residentes como a las propias talleristas, ya que pudieron compartir diferentes vivencias.

“En estos días de taller se trabajó la tierra y se sembraron semillas de diferentes verduras con la colaboración del INTA y con los plantines de aromáticas de Ciudad de los Niños”, cuenta Noelia, y remarca que también, por iniciativa de las propias personas del refugio, se destinó un espacio para un compostera comunitaria.

La propuesta no pierde de vista la diversidad y la inclusión. Por eso, a aquellos residentes a los que el trabajo de huerta les genera alguna dificultad les encomendaron la tarea de elaborar ojos de dios tejidos para espantar a las palomas que se acercan a comer las semillas.

Las medidas sanitarias dispuestas para prevenir el contagio del Covid-19 también generaron propuestas de trabajo colectivo. Así fue que todos participaron en la fabricación de sus cubre bocas. "Ellos lo demandaron, querían tener el propio y se engancharon todos a trabajar, ahora cada uno tiene el suyo y pueden utilizarlos para cuando tienen que salir por algún trámite", detalla Patricia, y aclara: "Fue importante para ellos tener el suyo propio, hecho por ellos, más allá de que iban a disponer de estos elementos si los necesitaban para salir".

A su vez, al compartir el espacio de manera permanente y hacer cuarentena en el lugar, los residentes no se ven obligados a utilizarlos dentro del espacio, como sí lo hacen las talleristas. "Ellos son como una familia", grafica Patricia.

Para esta trabajadora que desde hace 16 años cumple distintas funciones en La Ciudad de los Niños, esta nueva instancia en lo laboral resulta una experiencia "enriquecedora e interesante". "Está bueno poder trabajar con diferentes poblaciones, hace crecer la óptica de uno", asegura.

Consultadas sobre el impacto que viven en lo personal a raíz de la pandemia, las dos talleristas aseguran que es fuerte y repercute en varios aspectos y prácticas. “Tomo mucha más conciencia que antes; cambió todo el protocolo de ingreso al hogar, la limpieza de la bicicleta, de la ropa; son nuevos hábitos que hay que incorporar”, afirma Noelia, a la par que reconoce: “¿Qué es lo que más extraño? El encuentro con amigos, con la familia; el trabajo en La Granja, el día a día con los compañeros. Pero lo que principalmente extraño es el abrazo”.

Por su parte, Patricia admite: "Tengo más tiempo, pero todo me lleva más tiempo", y explica detalladamente cada uno de los protocolos que cumple de manera estricta al ingresar a su hogar o cuando se acerca hasta la casa de algunos de sus familiares mayores de edad para alcanzarle alguna compra. En cuanto a lo que más añora en estos tiempos, menciona sus clases de natación, sus días al aire libre, para finalmente acordar con su compañera: "Extraño poder saludarme con mis afectos, poder abrazar, la relación con el otro".

Mantener el espacio para que siga siendo lo que era

Y mientras Noelia las y los extraña, sus compañeras y compañeros de la Granja de la Infancia también llevan adelante un trabajo fundamental, aunque menos visible, ante esta pandemia.

Quien, por alguna razón, tuviera oportunidad de acercarse hoy a este espacio que integra el tríptico dedicado a las infancias que distingue a Rosario, se encontraría con un paisaje que dista mucho del tradicional, repleto de niñas, niños y familias disfrutando de tardes de mates y sol en un entorno único, con sus dispositivos lúdicos recreativos y su particular flora y fauna.

Con las puertas cerradas al público, el predio cambia totalmente. Lo que no varía, afirma la directora del lugar Silvia Rizzatti, es la asistencia permanente que requieren, precisamente, las plantas y los animales de la Granja. De brindárselos se encarga un grupo de doce trabajadoras y trabajadores que, de forma rotativa, mantiene el espacio en condiciones.

Es que tanto los animales de corral, habitantes permanentes del lugar, como la flora autóctona que allí crece, necesitan cuidados diarios. También las tareas de limpieza se profundizaron, no solamente para prevenir coronavirus, sino también por otra enfermedad presente por estos días y que demanda igualmente la mayor atención: el dengue. Al ser los bebederos de animales reservorios ideales para la propagación del mosquito Aedes, el vector que transmite la enfermedad, es indispensable una limpieza constante.

Las circunstancias actuales también plantean modificaciones en las actividades habituales del espacio. Así, la funcionaria explica que la tradicional huerta, que tiene un fin principalmente demostrativo, es decir para que los visitantes del espacio conozcan diversas variedades de plantas, se va transformando en una huerta productiva, con el objetivo de abastecer de alimento a los propios animales del lugar.

Dentro del grupo de personas que continúa prestando servicios para el sostenimiento del lugar, se encuentran dos ingenieros agrónomos y un médico veterinario. Este último asiste de manera esporádica y ante casos de emergencia, como el que ocurrió días atrás cuando tuvo que acercarse para atender a una yegua por una infección en una pezuña.

Ante este panorama, Rizzatti no oculta la tristeza que le transmite ver el espacio vacío por estos días, pero también hace lugar a la esperanza. “Es importante que podamos seguir asistiendo a cumplir nuestro trabajo y tenerlo en condiciones para cuando pueda volver a funcionar y siga siendo lo que era”, rescata.