18 de octubre

Mujer

Educación

Ser mamá y seguir estudiando: las historias detrás del programa Equidad Educativa

Desde 2005, el programa acompaña a madres de entre 13 y 19 años para que puedan finalizar sus estudios primarios y secundarios. Los recorridos y experiencias de algunas participantes.

En sus doce años de funcionamiento ininterrumpido, el programa Equidad Educativa acompañó a cerca de 4500 jóvenes madres. En 2016, hubo más de 358 inscriptas. En 2017, unas 355. Pero detrás de la contundencia de los números, hay historias. Hay chicas que no sólo pudieron terminar la secundaria sino que eligieron avanzar en estudios terciarios o universitarios.

Con la excusa de un desayuno con la intendenta Mónica Fein, las chicas llegan al Instituto Municipal de la Mujer cargadas de abrigos: afuera la térmica dice bajo cero. Saludan a parte del personal como si fueran amigas desde siempre. Se llaman por sus nombres, preguntan por los hijos. La cercanía es evidente. Durante y después de la charla con las autoridades, aparecen las trayectorias vitales de cada una de esas mujeres. La mayoría ronda los 20 años y tienen hijos e hijas de entre dos y cuatro. Todas quedaron embarazadas cuando eran menores, claro, de eso se trata.

En los talleres, que se desarrollan dos veces al mes en los centros municipales de Distrito, “se habla de todo”. Una perspectiva más formal diría que se trabaja sobre cómo transitar una vida libre de violencia, de sus derechos sexuales, de permitirse disfrutar del tiempo libre, de solidaridad y conformación de redes. Básicamente, se trata de animar a las chicas a la construcción de un proyecto de vida propio que no empieza ni termina necesariamente con la maternidad. 

“Te enseña muchísimas cosas: cómo te podés cuidar, cómo podés seguir. No hubiera terminado la escuela si no era por esto”, asegura Daiana, mamá de Briana, de cuatro años. Después de terminar la secundaria, decidió seguir su ruta de formación en el profesorado de nivel inicial. Las profesiones relacionadas a las tareas de cuidado de otros y otras, como la docencia y la enfermería, son las que se repiten con claridad entre las jóvenes. Alejandra Manfredi, coordinadora del programa, cuenta que ese es un tema central de los encuentros: reconocer que no siempre es nuestra tarea cuidar de otros y aprender a dejarse cuidar. 

En ese sentido, el apoyo de la familia de las jóvenes aparece como un aliado fundamental en el acompañamiento que ofrece el programa. Es que al margen del incentivo integral que reciben las chicas, todas reconocen que el respaldo de familiares (y en muchos casos, del papá de los niños y niñas) es casi igual de importante. Yamila recuerda que una vez que Ian fue lo suficientemente grande, pudo dejarlo al cuidado de su mamá, su hermana o el papá del chico, y que eso fue lo trascendental para completar de primero a quinto año de la secundaria en el turno noche de un Eempa. Por su parte, Daiana invierte la ecuación: “Mi mamá me ayuda pero el programa como que te da una fortaleza”.

Por ahora, Yamila optó por un curso de maquillaje y depilación en el Cecla (Centro de Capacitación Laboral para Adultos), instancia que le permite una salida laboral independiente. Pero el sueño no es ese: “Yo quiero seguir estudiando maestra jardinera”, confía. “Este año tuve un inconveniente y no me pude anotar, pero lo quiero hacer el que viene”, promete.

A Sheila le pasó algo parecido. Su deseo al terminar la secundaria era convertirse en policía, pero los cortos dos años y medio de su pequeño hijo Santino la disuaden. “Son muchas horas y eso me pone mal porque no quiero dejarlo doce horas”, comparte. Por eso optó por un curso de asistente administrativa, que le permita conseguir un trabajo mientras tanto, pero sabe que algún día va a poder perseguir su anhelo de sumarse a las fuerzas de seguidad. Y esa convicción también fue alimentada en los talleres.

Tamara es una de las varias que eligió estudiar enfermería, pero la única que lo hizo en la UNR. Es mamá de Bianca, de cuatro años, y no tiene problemas en hacer escuchar su voz, su opinión. Se anima a decir lo que piensa y lo que siente. Cuando la charla versa sobre los mandatos y las imposiciones que pesan sobre las madres, y sobre todo de las más jóvenes, ella afirma: “Hay que saber que siempre vamos a cometer errores”. También que considera importante que los chicos “aprendan a estar sin los padres porque si no después no se independizan”. 

Sofía está cursando primer año de enfermería. Además de estudiar y cuidar de su hija Naiara, de dos años, trabaja en una tienda de ropa a la vuelta de su casa. “Por suerte, tengo trabajo desde que mi nena tiene dos meses”. Mientras ella está ocupada, la niña se queda con el papá. Es una de las primeras en irse de la reunión porque tiene que empezar su jornada laboral.

A pesar de que cada historia es, por su propia definición, única e individual, aparecen ciertos consensos, ciertos terrenos compartidos. Cuando se les pregunta por qué decidieron seguir estudiando después de haber terminado la secundaria (y reconociendo que la expectativa social muchas veces es que “ahora se dediquen sólo hacer madres”), responden casi al unísono: “Por mi hijo”, dicen todas. “Para que el dia de mañana me vean ser alguien en la vida”, amplía alguna. Que las chicas puedan afirmarse en ese deseo es posiblemente uno de los objetivos centrales del Programa.

El hecho de que las jóvenes transiten la mayoría de edad y continúen formando parte activa de Equidad Educativa fue una decisión a conciencia. “La decisión del Programa fue que aunque hayan terminado la escuela secundaria, puedan seguir participando un tiempo más para continuar estudiando”, aclara Manfredi. Así es que algunas van por su cuarto año consecutivo en Equidad Educativa, y muchas se convirtieron en ejemplos para las más chicas y las recién llegadas.